¿Un acuerdo para el desarrollo o un nuevo tratado Roca-Runciman?

Sin dudas la noticia que acapara las tapas y los noticieros por estos días es el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Por supuesto en todas las crónicas, pero también en los discursos de los funcionarios oficialistas, la palabra “histórico” se repite en eco, mientras se remarcan las oportunidades que este tratado abriría para la región.

Más allá del entusiasmo sobreactuado desde una Casa Rosada que no puede mostrar grandes logros, es importante recalcar algunos elementos que nos llaman a dejar de lado la euforia oficial y pensar cuál será el impacto real del acuerdo.

En primer término es importante tener en cuenta que este pacto comercial no entrará en vigencia antes de los dos años y su desarrollo completo culminará en una década. O sea que la prometida llegada de inversiones desde el viejo continente no se verificará en el corto plazo sino -con suerte y viento a favor- en los próximos años.

Por otra parte también hay que prestar atención que antes de ponerse en marcha y de que veamos sus supuestos beneficios, lo firmado por los equipos técnicos tendrá que ser ratificado por todos los poderes legislativos de los países de ambos bloques, es decir Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y los 38 parlamentos de la Unión Europea. Es decir que falta todavía un largo trámite de ratificación y reglamentación. Por lo tanto, no estamos frente a un tratado sino que más bien estamos leyendo los titulares de una carta de intención con mucha letra chica aún por conocerse.

Y este dato, el de conocer los detalles de lo firmado es muy relevante, porque aquí no se trata de oponerse a un tratado porque si, sino de ser conscientes de que este tipo de acuerdos deben ser inteligentes, ya que deben redundar en efectos positivos concretos para las mayorías, potenciando el desarrollo del conjunto.

En este mundo globalizado necesitamos de intercambios justos entre naciones y no renovar viejos lazos semi-coloniales que aten a los pueblos a proyectos que no son los nuestros.

A principios del siglo XX ya vivimos experiencias nefastas que se plasmaron en el tratado Roca-Runciman, donde Argentina profundizó su dependencia comercial con Inglaterra, y donde no solo no se derramó ni un peso hacia los sectores populares del campo o la ciudad, sino que sirvió para enriquecer a un grupo de grandes ganaderos y a las exportadoras de carne de origen extranjero.

Ahora bien, a la hora de evaluar a quiénes beneficia y a quiénes perjudica esta alianza económica hay una coincidencia generalizada de que los productores agrícolas del Mercosur y los sectores industriales europeos ganarán mercados gracias a la caída de las barrera arancelarias. En contrapartida, la industria del Mercosur y el campo europeo serán los verdaderos perdedores.

¿Pero qué significa esto en términos que hacen a la vida diaria de los habitantes de esta zona del planeta?
En lo concreto significa una re-primarización de nuestras economías, es decir que serán los productos agrícolas y sus derivados los principales beneficiados por el libre ingreso a la Unión Europea, mientras que las actividades industriales locales serán fuertemente desalentadas.

Este fenómeno afectará a la Argentina sin dudas, pero Brasil, con su enorme cantidad de fábricas y empresas sentirá con dureza las consecuencias económicas y sociales de esta liberalización de sus mercados. En ese marco quienes más sufrirán el impacto de estas políticas serán las clases medias e industriales de nuestras naciones. No es casual que las terminales automotrices de Argentina se mostraran molestas por el acuerdo y que rápidamente plantearan que la única salida es avanzar en la flexibilización laboral, en la quita de derechos a los operarios locales y en fuertes rebajas de impuestos. Tampoco es casual que el llamado “rey de la soja”, Gustavo Grobocopatel dijera con total tranquilidad que “hay que permitir que haya sectores que desaparezcan”. Por supuesto que el empresario no se refería a las agroexportadoras sino al universo de PyMEs que no soportarían el ingreso irrestricto de productos europeos, pero que además hoy son las principales empleadoras de mano de obra local.

Dejar sucumbir a estas empresas tendría un costo social gigantesco, pero hasta ahora pocos han subrayado este peligro y parecen muy cómodos con la lógica perversa de que el pez grande se come al chico… porque el estado lo va a permitir y alentar.

En cuanto al contexto en que el gobierno de Macri decide avanzar con esta idea de integración económica con el viejo continente, es importante tener en cuenta que la firma del entendimiento se da en un momento muy particular: la guerra económica entre China y los Estados Unidos. Para muchos especialistas esta coyuntura fue central para destrabar unas negociaciones que ya llevaban más de dos décadas de trabajosas reuniones.

No es un detalle menor subrayar que de esta forma se mantendría al Mercosur dentro de la órbita de occidente, justo en momentos donde se ha desplegado de una fuerte avanzada China en la región, con voluminosas inversiones en infraestructura tanto en transporte como en energía.

Otro elemento que facilitó el proceso es el cambio de signo político tanto en Argentina como en Brasil, que redujo las históricas exigencias del Mercosur en favor de la protección arancelaria a los sectores industriales de la región y se allanó a las condiciones impuestas por Europa. Hasta ahora la línea histórica del ministerio de relaciones exteriores brasilero había sido la defensa irrenunciable de su producción industrial, pero evidentemente el ingreso de Bolsonaro al poder cambió esa postura en favor de los europeos.

Entonces, y a modo de síntesis podemos decir que el entusiasmo del gobierno y de algunos medios alrededor de este acuerdo es bastante exagerado, porque falta todavía un largo camino para que sus beneficios o maleficios se manifiesten en las economías locales.

De la mano de lo anterior es importante tener en cuenta que todavía no conocemos a fondo la letra chica del acuerdo y que la misma será largamente debatida en los parlamentos de los más de 40 países y regiones involucrados. Con que uno solo de ellos se oponga, el tratado se bloquea. De hecho ya hay fuertes cuestionamientos a esta alianza. El campo europeo viene movilizándose hace tiempo y denunciando que a Bruselas (sede de la UE) no le interesa defender la producción agrícola propia y privilegia a las grandes industrias.

En el mismo sentido, buena parte de la oposición en Argentina ya se ha manifestado en contra de la firma de la alianza comercial, por lo que por el momento sería difícil para este gobierno conseguir el visto bueno parlamentario, en especial si en las elecciones de octubre asume un presidente de distinto signo al actual.

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