1° de Mayo: Nuevas herramientas para los nuevos tiempos

Trabajo precarizado, trabajo en negro, flexibilización, ajuste, racionalización, brecha salarial entre mujeres y hombres… Estos son algunos de los conceptos que habitan dentro del mundo del trabajo en las primeras décadas del siglo XXI.

Nos dicen, y con mucha razón, que el mundo ha cambiado, que es muy difícil para  las trabajadoras y los trabajadores reflejarse hoy en las tareas que por ejemplo realizaban en sus puestos de trabajo tanto sus padres y madres, como sus abuelos.

Las nuevas tecnologías han trastocado todo y han hecho surgir nuevos modelos, otras formas de trabajar, de espacios físicos, de percibir salarios, o de afrontar la jornada laboral.

Pero, por detrás de los nuevos términos y condiciones, podemos seguir entreviendo la misma vieja tensión que los mártires de Chicago denunciaron hace más de 100 años; la que existe y persiste entre el trabajo y el capital.

La extracción de plusvalía permanece y se ha acentuado en detrimento de los trabajadores, se ha vestido de seda, se ha llenado de chips, se ha multiplicado con software, y hasta ha reemplazado de manera creciente manos humanas por robots; pero el patrón, ahora reconvertido en CEO de corporaciones concentradas, sigue pidiendo lo mismo que antes: menores salarios, mayor productividad, menos “costos laborales” y jornadas más extensas.

Como consecuencia de este proyecto capitalista, hoy la sociedad se divide entre los que tienen la posibilidad de acceder a condiciones laborales decentes, en blanco, y con obra social; y aquellos que forman un nuevo ejército de mano de obra precarizada, con contratos basura, en negro; o lanzados directamente al límite mismo de la supervivencia con changas ocasionales y dependiendo de la ayuda social.

El estado, mientras tanto, que debería estar en un rol activo protegiendo a los más débiles, termina jugando una y otra vez en favor de las empresas más grandes. La fuerza laboral no figura entre sus prioridades, tampoco las PyMEs, menos aún los desposeídos de siempre. Las “soluciones” que salen desde la cartera laboral son viejas recetas que solo sirven para optimizar ganancias: ajustes, bajas de aportes patronales, techos para paritarias y destrucción de derechos elementales como la indemnización por despido.

Todo este marco de situación se traduce en notables diferencias entre los mismos trabajadores; desigualdades que provocan que en muchos casos se haya perdido el sentimiento común que los hacía parte de una misma clase a empleados de oficina, bancarios, peones de campo, operarios de una automotriz, vendedores ambulantes, personal doméstico, o los contratados de un call center.

La diversidad impulsada por las nuevas condiciones, atenta entonces contra la identidad y la unidad, pero el panorama se agrava cuando una parte importante de las organizaciones sindicales que deberían representar a trabajadoras y trabajadores de nuestro país han asumido como propia la ideología del empresariado; mientras que en otro sector, el que se identifica con las banderas históricas del movimiento obrero, se expande el divisionismo y el sectarismo.

En este 1° de Mayo queda claro que estas nuevas realidades nos exigen nuevas respuestas, por lo cual no solo es importante conmemorar la fecha, rescatando su valor histórico como hito de la lucha y la resistencia, sino poner el acento en la búsqueda y concreción de nuevas alternativas que nos permitan enfrentar las ofensivas que desde el poder se llevan adelante en detrimento de los derechos conquistados, e ir por más.

En este Día Internacional de los Trabajadores, no nos cabe el rol ni de testigos, ni de conservadores. Sabemos, como bien lo dijeron Marx y Engels que “el movimiento es la forma de existencia de la materia”. Y justamente por eso es tan importante el paso que en esta fecha particular, dan los movimientos sociales apostando a la unidad y a la construcción de un nuevo espacio que reconoce sus raíces en la larga historia de dignidad de la clase trabajadora, pero que se prepara para afrontar los desafíos de estos tiempos.

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